lunes, 21 de febrero de 2011

Analecta de las horas



Ariel González Jiménez

Para Florence Cassez

En forma de misiva, el autor aborda el caso de quien, sin proponérselo, ha trastocado una relación diplomática y conseguido sembrar nuevas dudas sobre la justicia en México.

Señora:

En caso de que tenga oportunidad de conocerlas, considere estas palabras como las más despasionadas que jamás hubiera leído o escuchado. Algo así como las que —de acuerdo con testimonios diversos y pruebas que resultan irrefutables— usted era capaz de proferir a algunas de las víctimas de los brutales secuestros de que participó. Porque es obvio que usted no sentía gran cosa, ¿no es así? Nada personal. Era un asunto digamos profesional, en donde lo que importaba era el resultado económico que se obtendría más allá de la forma que tenían algunas de sus amenazas, por terribles que fueran (como esa de mutilar dedos).

Fácil sería adoptar un tono ligero o irónico para hablar de todo esto, pero francamente el tema no se presta para ningún chiste. Por lo demás, siempre he creído indigno abusar —como hacía usted, según las víctimas que la acusan— de la situación de franca debilidad o impotencia en que pueda encontrarse alguien. Usted ahora está presa, al igual que contra su voluntad lo estaban todos a quienes la banda de la que formaba parte tomaron como rehenes. En esas condiciones cualquiera puede tomar ventaja cobarde, y le aseguro que eso no está entre mis objetivos.

Su caso es muy grave y ha venido escalando proporciones inimaginables a partir del momento de su detención, cuya grotesca “reconstrucción” policiaca ha sido tan sabiamente explotada por sus defensores, que usan este hecho para exonerarla de toda culpa, no dejando ni siquiera la sospecha, más que obvia, de complicidad.

No es difícil instalar la duda sobre la justicia mexicana, y si además ésta se encarga de filmar “por encargo” de las principales televisoras nacionales su penosa actuación, cualquiera venido de fuera puede alegar un montaje siniestro contra una pobre chica extranjera. Corre usted con la suerte, además, de que el más entusiasta comprador de esta versión en la que usted es víctima de las corruptas autoridades mexicanas es ni más ni menos el primer ministro de su país, Nicolás Sarkozy.

Qué fácil es entonces que un secuestrador —como hizo uno de los miembros de su banda— alegue que fue torturado al momento de rendir su declaración; y que usted sea vista prácticamente como una moderna Juana de Arco, chivo expiatorio de una policía infame.

Y sin embargo, las pruebas en su contra, para quien quiera verlas, están ahí desde el día de su captura (una jornada en la que, no lo olvidemos, fue aprehendida junto con su pareja en la propiedad donde fueron liberadas algunas de sus víctimas). Dicha flagrancia fue estúpidamente echada a perder por la policía mexicana al buscar reproducir la escena como para una película mexicana, pero el hecho es que usted se encontraba allí y es muy difícil creer que ignoraba las actividades de su novio.

He visto una y otra vez la foto donde aparecen sus padres y usted departiendo alrededor de una mesa junto con él. Ellos sí, supongo, no tenían la menor idea de la clase de yerno que estaban por tener, pero luego de que los he visto en otra foto arropados por un grupo de la Asamblea Nacional francesa es claro que los legisladores galos olvidan o no tienen la menor conciencia de la peligrosidad del personaje con que ellos aparecen retratados en México jugando al billar o charlando amenamente.

El escritor Jim Thompson decía que hay poco más de treinta formas de escribir un relato (él confesó haberlas practicado todas), pero que sólo había una trama: las cosas nunca son lo que parecen.

Viéndola a usted cuesta trabajo, es cierto, creer que es la misma que Cristina Ríos Valladares y su hijo Cristian, de 11 años, así como Ezequiel Yadir Elizalde, señalan como la mujer de acento francés que los amenazaba y que incluso le sacó sangre al niño para demostrar que lo tenían en su poder.

El “montaje” de la policía mexicana tuvo lugar después de su captura. Pero ésta no tuvo ningún elemento de reconstrucción: ahí estaban los principales de la banda, usted incluida, y sus víctimas. El montaje que usted denuncia tuvo lugar, pero no la exime, como pretende su defensa, de los hechos que la incriminan.

Acabo de leer cuidadosamente lo que el Premio Nobel de Literatura, Jean-Marie Gustave Le Clézio, ha dicho en torno de los efectos diplomáticos que inesperadamente ha cobrado su caso luego de que fuera condenada a 60 años de prisión y de que un tribunal colegiado en materia penal le negara el amparo.

El escritor, como muchos otros, siente “indignación ante la arrogancia y el menosprecio de Sarkozy y su gobierno en cuanto al sistema jurídico mexicano”, y eso lo dice precisamente atendiendo lo que aquí argumentamos: estaba en la escena del crimen, no tiene vuelta de hoja y no hay forma de negarlo, por más mareados que estén quienes la defienden y por muchas deficiencias que tenga nuestro sistema de procuración de justicia.

Del impacto que todo esto ha tenido en el Año de México en Francia apenas es necesario añadir algo: la manipulación del asunto por parte de las autoridades francesas ha dado pie a una confrontación que hubiera parecido descabellada de sólo imaginarse.

Al final, viendo el retrato que le hizo en prisión el artista Pablo Elizondo, creo que debemos ser capaces de sentir, como dice Le Clézio, “compasión por la familia de Florence Cassez”, por usted misma, y esperar “que sea posible en el futuro dar a la prisionera el socorro y la consolación de estar cerca de su familia, lo que ella, como todos los seres humanos, cualquiera que sea su culpa, merece”.

Comparto esto, Florence, porque sintiendo esta piedad, reivindicamos la condición humana tan negada y envilecida por los actos criminales de usted y sus cómplices. Adiós y buena suerte (no es difícil que gente como usted la tengan en este mundo).